
BUENOS AIRES, 27 de marzo de 2026.- Hay algo incómodo en el escenario actual: aunque el PBI muestra signos de mejora, la desocupación en la Argentina presenta señales de alerta según el análisis de Horacio Augusto Pereira para El Economista. El empleo formal cae sistemáticamente y no se trata de un simple error estadístico. Mientras la actividad se recupera y la estabilidad nominal se ordena, el mercado laboral asalariado no acompaña. Bajo esta premisa, los indicadores macro celebran, pero la calle siente un proceso de baja tracción laboral.
Por el contrario, el trabajo registrado sigue retrocediendo en los centros productivos más importantes del país. Asimismo, la falta de nuevos puestos comienza a preocupar seriamente a los especialistas. No estamos ante una paradoja, sino ante un modelo de crecimiento que, por su naturaleza, expulsa trabajadores. La explicación es directa: los sectores que empujan hoy no necesitan grandes plantillas. En este sentido, los rubros que históricamente absorbían mano de obra masiva son los que hoy están en retirada.
Los sectores que impulsan la desocupación en la Argentina
La industria textil, el calzado y la metalmecánica enfrentan un presente sombrío tras décadas de ser motores de contratación. El resultado de esta transformación es una economía que crece mientras achica su nómina de personal. Los datos del SIPA a diciembre de 2025 revelan la profundidad de la desocupación. Los rubros con mayor expansión tienen un impacto social muy acotado. Por ejemplo, la Pesca creció un 5,7%, pero apenas sustenta a 15.000 trabajadores.
La Construcción y la Enseñanza también muestran leves mejoras interanuales. No obstante, estos movimientos responden más a cuestiones institucionales que a una expansión económica genuina. Por su parte, los sectores más dinámicos de la nueva matriz comparten una lógica compleja. Energía, minería, fintech y agroindustria poseen niveles altísimos de productividad. Sin embargo, su capacidad para generar nuevos puestos es limitada. Una plataforma digital puede facturar fortunas sin necesidad de ampliar su equipo técnico.
Productividad, minería y desocupación
Una explotación minera moderna puede movilizar inversiones de escala mundial con una dotación mínima de personal. Este fenómeno representa el corazón de la apuesta económica del Gobierno actual. Se busca una reconversión hacia sectores competitivos con capacidad exportadora global. Bajo esta premisa, la energía aparece como el gran motor de divisas. La estrategia tiene lógica financiera, pero su traducción en bienestar social no es automática. El problema es que el empleo no nace a la misma velocidad que la inversión.
Del otro lado del mostrador, los sectores tradicionales pierden su capacidad de contención social. La industria manufacturera cayó un 3,3% interanual y el dato esconde una crisis más profunda. La cadena textil alcanzó en noviembre de 2025 su nivel de ocupación más bajo desde el año 2009. Se trata de actividades que concentraban miles de familias y hoy están en riesgo. En este sentido, la pérdida de estos puestos de trabajo afecta directamente al consumo interno.
Crisis en las pymes y el efecto multiplicador inverso
Gran parte de estos empleos pertenecen al entramado pyme del AMBA y del interior. Son actividades que enfrentan hoy la presión de las importaciones y un tipo de cambio desafiante. La industria automotriz y la metalmecánica retrocedieron hasta un 4,1% este año. Asimismo, la producción de papel y madera muestra caídas sostenidas. Al ser sectores con cadenas de valor extensas, cualquier ajuste en las terminales golpea a cientos de proveedores pequeños.
El efecto multiplicador ahora opera en sentido inverso, destruyendo valor en toda la cadena. El punto crítico de este proceso es la velocidad de la transición. Hay un desfase peligroso entre el empleo que muere y el que debería nacer. La estrategia oficial confía en que los sectores dinámicos eventualmente generarán empleo indirecto. Pero ese desarrollo no es automático. Requiere tiempo y una organización de redes productivas que hoy no está garantizada.
El rol del Estado frente a la desocupación en la Argentina
La evidencia internacional es clara: los encadenamientos productivos no aparecen por arte de magia. Sumar eslabones tecnológicos y desarrollar proveedores locales lleva años de trabajo coordinado. Es un proceso donde el Estado debe intervenir de manera determinante. Esto involucra a la Nación con marcos regulatorios y a las provincias con infraestructura técnica. Bajo esta premisa, los municipios también juegan su parte al ser el primer contacto con el tejido pyme local.
Mientras se debate la macroeconomía, las fábricas intensivas en mano de obra simplemente bajan la persiana. Cada cierre no solo destruye puestos, sino que desarma un capital de conocimiento acumulado que no se recupera. Ahí aparece otro dato que incomoda a la gestión: la natalidad empresarial está en mínimos históricos. Aunque la tasa de cierre se mantiene en el 3,4%, hoy nacen muchísimas menos empresas que antes.
Natalidad empresarial y el tejido productivo que se adelgaza
En la industria, la apertura de nuevas firmas se desplomó del 3,9% histórico a un escaso 1,7% en 2024. Esto significa que la reconversión avanza destruyendo lo viejo sin generar lo nuevo. El tejido productivo nacional se está adelgazando a pasos agigantados. La economía crece, pero su base social y empresarial se reduce mes a mes. El dilema de la desocupación en la Argentina es, ante todo, un problema de tiempos y de gestión política.
Finalmente, la reasignación de recursos no es un proceso indoloro ni instantáneo. Requiere capacidades estatales que no siempre están presentes en la mesa de decisiones. El país enfrenta hoy una tensión menos visible que las crisis de deuda, pero igual de grave. Podemos crecer sin integrar a la gente. No es una contradicción, sino una falla de diseño en el patrón actual. La pregunta de fondo es quiénes quedan afuera del progreso. La desocupación en la Argentina sigue siendo la gran asignatura pendiente del desarrollo.
