La ciudad del Donbas aislada, civiles atrapados bajo las bombas

Kramatorsk, Ucrania, 4 may. 2022.- Aislada, la ciudad de Lyman, en el Donbas, con sus civiles atrapados bajo el fuego de la artillería rusa, espera la llegada de las tropas de Moscú “Llegarán también a Lyman. Solo podemos esperar que lleguen más armas. O que (el presidente ruso, Vladimir) Putin muera”, comentó Oleksandr, mientras fuma un cigarrillo tras otro encaramado en una zanja excavada en el bosque alrededor de Lyman.
Son los batallones rusos presionando a cinco kilómetros de la ciudad, vaciada de al menos la mitad de sus 20.000 habitantes.
En los últimos días, el ejército ruso intensificó la ofensiva en este cuadrante y en particular en Lyman, puerta de entrada para avanzar hacia Sloviansk. Duele aún la derrota en la batalla de Kiev, aún arde la del hundimiento del Moskva.
El Kremlin está hambriento de trofeos para exhibir el fatídico 9 de mayo, cuando sonará el tambor de propaganda con motivo del Día de la Victoria sobre la Alemania nazi. Los busca al sur, desde la martir Mariupol al Jersón rebelde prorruso. Los busca en el este, en Donbas, donde, prosigue Oleksandr, las fuerzas rusas “están destruyendo todo antes de entrar en los pueblos”.
Son días de sangre aquellos vividos en Lyman, martillados sin tregua por la artillería. Y mientras los rusos caen desde el norte, los ucranianos se reposicionan desde el sur.
A lo largo de la carretera que conecta Dnipro con Kramatorsk hay un gran movimiento de hombres, tanques, artillería, troncos de árboles, cargas de combustible para fortalecer al ejército ucraniano en la batalla crucial en Donbas.
Lyman ve que el círculo se estrecha alrededor. Difícil desplazarse, imposible de comunicarse con el exterior. Las líneas telefónicas están caídas, la comida y el combustible son bienes escasos en estas latitudes.
Su puente hacia el exterior son las fuerzas armadas: la ayuda humanitaria dentro, los cuerpos de los heridos fuera. En Raihorodok, en la carretera a Lyman, un grupo de ambulancias ayuda a los heridos evacuados por las fuerzas armadas ucranianas.
A partir de ahí la carrera al hospital, hacia Kramatorsk si se trata de una emergencia. Más lejos, a Dnipro, para pacientes con condiciones menos graves.
Desde el mismo punto, la policía ucraniana, cargada con ayuda humanitaria, parte en sentido contrario. “Una práctica diaria”, explicó Ihor, que se lanza a toda velocidad a la furgoneta para esquivar el fuego de artillería.
El punto de recogida es una pequeña tienda en la ciudad espeluznante. Llegan otros soldados, otra ayuda. Pan, pasta, agua. Siguen un camino muy largo que los lleva desde Europa hasta el oeste de Ucrania y luego gradualmente hacia el este, como un cuello de botella que siempre se estrecha cada vez más en los territorios que son escenario de los combates. En cuestión de minutos, se corre la voz entre los aldeanos atrapados en Lyman.
Se los ve saliendo a escondidas de los rascacielos soviéticos a cuentagotas para conseguir algo de comida y agua.
No hay tiempo para cortesías. Spasiba, una sonrisa de agradecimiento y fuera a esconderse.
Olga, los ojos pesados ;;de alguien que no ha dormido durante días, lucha por arrastrarse hasta el punto de encuentro.
“Estos son los días más duros desde que comenzó esta pesadilla”, contó la babushka. Su deseo es escapar, llegar hasta su hija y sus nietos, “viven en Kramatorsk, no muy lejos, pero es peligroso subirse al auto”. Recorrer poco más de 40 kilómetros por la única carretera aún accesible desde Lyman es una ruleta rusa”.
El otro no es viable: los misiles rusos destruyeron el puente, cortando el acceso a la ciudad.
El pasado domingo otro puente, el del ferrocarril, fue destruido bajo los golpes de artillería, quizás de los propios ucranianos que buscaban así frenar el avance ruso hacia la ciudad.
“No me importa morir, solo espero que mi cuerpo no sea arrojado a un pozo”, confesó Olga, mientras regresa a casa esperando el infierno. (ANSA).
