ESTADOS UNIDOS: San Francisco, la tecnología y la farsa

A pesar de haber realizado una decena de viajes a Estados Unidos y haber trabajado un año en la oficina de la AFP en Nueva York en 2005, nunca estuve satisfecha y siempre me prometí que algún día volvería a vivir allí.

Así llegué a San Francisco, California, esta ciudad mítica que me había encantado tanto hace 20 años con sus casas multicolores, sus restaurantes japoneses (allí descubrí el sushi), sus teleféricos, sus calles con pendientes vertiginosas, sus vestigios del Summer of Love, su espectacular bahía, sus almejas a la sombra del Golden Gate y el viento helado que azota tus mejillas de junio a septiembre…

A fines de la década de 1990, Silicon Valley, ubicado unos 60 kilómetros al sur de The city by the bay, no significaba mucho para mí, solo el garaje donde Steve Jobs gestó su primera Mac. Internet apenas estaba disponible para el público general, Apple atravesaba un mal momento, los celulares tenían pantallas pequeñas y solo se usaban para hablar.


En 20 años las cosas han cambiado mucho, por decir lo menos, y si bien no esperaba ver robots sirviéndome café, estaba ansiosa por estar en el corazón del reactor tecnológico, del reino del iPhone, del internet ultrarrápido, de la inteligencia artificial, de los autos autónomos, de las aplicaciones que sirven para todo, de startups que crecen como hongos…

Esperaba ver a Google, Apple, Facebook, Amazon (a menudo referidas bajo el acrónimo GAFA) de cerca para escribir sobre algunas de las compañías más grandes del mundo, de las que todos hablan, que todos usan, sobre las cuales todos tienen una opinión.

Apenas llegué en taxi desde el aeropuerto, al darle mi tarjeta de crédito al chofer para pagar el viaje, no me devolvió un datáfono clásico sino… su iPhone, que solo pude mirar con aire desconcertado. Tomó mi tarjeta y la arrastró por un pequeño cubo blanco de 2 x 2 cm, enchufado al teléfono: un lector que puede transformar cualquier smartphone o tableta en una terminal de pago. “¡Ah, pero esto es genial!”, pensé.

Una gran presentación que finalmente se reveló en una especie de farsa, como constaté luego en forma cotidiana, cuando tanto Silicon Valley como sus proezas tecnológicas de miles de millones de dólares fruto de mentes brillantes parecían quedar muy lejos.

Porque aunque puedes comprar un helado en los callejones de Golden Gate Park con tu tarjeta de crédito y un iPad, te sorprenderás, por ejemplo, frente a los rollos de líneas eléctricas que cuelgan de postes de madera en mal estado, dignos de un país en vías de desarrollo.

Mientras que Internet está en el ADN de todas las compañías sobre las que tuve que escribir, mi proveedor tardó un mes y medio en instalar una caja ADSL significativamente menos potente y dos veces más voluminosa que mi caja parisina. En la oficina, tuve que hacer malabarismos con las interrupciones recurrentes de Internet, clásicas en San Francisco.

El colmo de la ironía: a unas pocas decenas de kilómetros de la sede de YouTube, me fue imposible ver un video 4G en mi teléfono inteligente y difícil escuchar incluso la transmisión de música, ya que el ancho de banda es horrible.

Esta fue incluso una broma recurrente con mis amigos y colegas de la costa este: la corresponsal a cargo de tecnología en San Francisco lucha con Internet todo el día para transmitir despachos sobre las últimas novedades tecnológicas de miles de millones elaboradas por los gigantes de Silicon Valley.

También es sorprendente saber que todavía no existe un sistema de alerta sísmica en California cuando ya funciona uno en México.

Y qué puedo decir sobre todas las personas sin hogar, en harapos, en estados de deterioro físico y mental que nunca había visto en un país occidental, cruzando el centro de San Francisco, a minutos de la sede de Twitter y Uber, que miran pasar los Tesla – joyas tecnológicas sobre ruedas – conducidos por adinerados empleados “techies”?

Mientras la ciudad no cambió a primera vista con el auge de la tecnología a principios de la década de 2010, sin automóviles voladores o robots camareros en los restaurantes, la llegada masiva de estos “techies”, empleados con salarios muy altos, alteraron profundamente la demografía de San Francisco y su región.

“¿Dónde trabajas? Yo tengo una startup dedicada a la inteligencia artificial”. Tan pronto como conozco a los habitantes de San Francisco, la proporción de “techies” es obvia.

Google, Pinterest, Ubisoft, Samsung…: entre los padres de la escuela de mi hija, los “techies” son legión, ya sea que trabajen en empresas estadounidenses o en establecimientos locales de grupos extranjeros. ¿Un sociólogo francés que conocí en la escuela? Empleado por YouTube. ¿Un padre que me crucé en un parque? Ingeniero en Apple. ¿Mi vecino al otro lado de la calle? Trabaja para Salesforce, un gigante de software local.

Para conocerse en una cena, no hay que preguntar si tu interlocutor trabaja en “tecnología”, hay un 90% de posibilidades de que sea así. La pregunta será dónde y en qué especialidad: mastodonte o startup, coche autónomo o altavoces conectados…

Navegar por este ecosistema, al mismo tiempo omnipresente y algo elevado en comparación con la vida cotidiana de decenas de miles de habitantes de la ciudad que no pueden pagar rentas que se han vuelto exorbitantes, permite observar la efervescencia constante del sector y tener discusiones que son tan inesperadas como instructivas.

La impresión de un mundo paralelo que se sigue diariamente en la cobertura de gigantes tecnológicos, un mundo donde el dinero fluye libremente, donde se contrata a personas a toda hora.

Yo, que fui periodista del servicio económico y luego de informaciones sociales en París, pude ver al llegar a San Francisco cómo la escala y los problemas cambiaron radicalmente.

En la mayoría de los casos, las grandes empresas estadounidenses ni siquiera envían comunicados de prensa directamente: los publican en el espacio de “noticias” o “medios” o “relaciones con inversores” de su sitio web y eventualmente envían una alerta a los periodistas DESPUÉS de poner la información en línea, ya sea importante o de poco interés.

Peor aún, Google, Apple, Facebook y Amazon no hacen comunicados de prensa estrictamente hablando, publican “posteos de blog”, que pueden tener una longitud de tres páginas, de las cuales solo nos enteramos siguiendo constantemente sus cuentas de Twitter…

Corresponde al periodista esforzarse para no perderse nada, absorbiendo lo más rápido posible esas páginas llenas de rodeos complicados, retórica pesada armada por un ejército de abogados y comunicadores, y la a menudo esotérica jerga “geek”.

ara hacer explícitos ciertos puntos particularmente confusos o para solicitar más detalles, hay que enviar un correo electrónico a los agentes de prensa, quienes responderán, o no, a través de declaraciones escritas, citas breves entre comillas llamadas “declaraciones”, utilizando una jerga de comunicación incomprensible que, en general, arroja poca luz sobre el fondo del tema…

Las conferencias de prensa son casi inexistentes: por eso ni siquiera vemos a aquellos con quienes nos comunicamos, a veces varias veces al día, por escrito o por teléfono, y que te dicen, nobleza obliga, “Julie, espero que estés bien” en cada intercambio, como si nos hubiéramos conocido por años…

Las relaciones con los servicios de prensa siguen estrictos códigos, siguiendo reglas misteriosas: una “declaración” se puede atribuir por nombre al portavoz o solo a la empresa, el contexto (“antecedentes”) por escrito o por teléfono no se cita entre comillas sino que solo se usa a través de una frase periférica, atribuible o no a la empresa… Una pesadilla.

Las empresas tecnológicas son cerradas, en diversos grados. En el caso de Apple es casi una marca de fábrica y Amazon es igual; es habitual que no respondan correos electrónicos o llamadas, sin siquiera un “no hay comentarios”.

En Facebook, las cosas han cambiado un poco después del escándalo global de Cambridge Analytica. Atacado por todos lados, en Estados Unidos y Europa en particular, el grupo no tuvo más remedio que volverse un poco más accesible: además de las publicaciones de su blog que se han multiplicado, los jefes del servicio de prensa comenzaron a devolver las llamadas cuando intentamos comunicarnos con ellos, sobre todo para defender a la red social.

Facebook también ha abierto físicamente sus instalaciones en Menlo Park a periodistas, para encontrarse con altos ejecutivos que han venido a explicar con gran detalle lo que la red social prometió hacer para luchar contra la desinformación o proteger mejor los datos personales de sus más de 2.000 millones de usuarios.

En 2017, los gigantes tecnológicos ya eran ricos, poderosos, omnipresentes. En 2019, fueron criticados violentamente en todo el mundo y se convirtieron en objetivos políticos, hasta el punto de ser atacados regularmente en la campaña para las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos.

Pero siguen siendo ricos, poderosos y omnipresentes. Aunque su imagen ha cambiado, primero a raíz de la campaña presidencial estadounidense de 2016 que vio emerger la manipulación de la opinión pública a través de las redes sociales y luego por la explosión de Cambridge Analytica, todavía están allí, sólidamente instalados en nuestra vida cotidiana y en Wall Street.

Esta dicotomía es fascinante para un periodista, con lo que es estimulante (“nunca se detiene”) y agotador (“nunca se detiene” ). Una experiencia que enriquece a la periodista pero también a la ciudadana y consumidora tecno que siempre soy. Todavía soy una ávida usuaria de tecnología, pero me volví, espero, más sabia.

stoy tratando de compartir eso con quienes me rodean, ayudándoles a detectar información, comprender algoritmos o desactivar el seguimiento de actividad o el intercambio de datos en sus teléfonos inteligentes.

Rápidamente desarrollé un apego por esta ciudad, donde a menudo me sentí tan bien, lejos de las multitudes y la contaminación de París: una ciudad a escala humana donde la vida es buena, donde ya quiero volver, donde mi hija hizo su primer “mejor amigo”.

Hasta el punto de compartir una inquietud que sienten muchos franciscanos: ¿hasta cuándo la ciudad dejará que los precios de inmuebles, escuelas, restaurantes o museos hagan que sus habitantes tengan que abandonarla para vivir decentemente? (Por Julie Charpentrat -AFP)


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